Documento sin título
 
   
Buscar
 
Documento sin título

Content on this page requires a newer version of Adobe Flash Player.

Get Adobe Flash player

Content on this page requires a newer version of Adobe Flash Player.

Get Adobe Flash player

Content on this page requires a newer version of Adobe Flash Player.

Get Adobe Flash player

 

FICA se enorgullece en haber acompañado a Hernán Findling y Oliver Kolker
en la producción de un film que engrandece al cine nacional.

 
Industrias Culturales Argentinas
<<volver  
 
Los dibujos secretos de Francis Bacon
a través de los ojos de Horacio de Sosa Cordero
desde 08-05-2010 hasta 07-06-2010
 

“Un día que hará historia” – Así podría definirse la charla organizada el pasado 21 de octubre por Industrias Culturales Argentina y la Sindicatura General de la Nación, donde desde hace una semana se exhiben cuarenta de los dibujos más extraordinarios de la Colección Cristiano Ravarino. Dicha colección, cuya autenticidad –ya corroborada– ha estado en tela de juicio durante más de diez años, está formada por dibujos autónomos, intensos y esenciales, verdaderas obras de arte que suponen una reflexión interior, una mirada hacia atrás que realiza sobre sí mismo el propio Francis Bacon, en la que es casi su última etapa.

Pero lo que hace único este día no es sólo el hecho de que podamos descubrir dibujos casi desconocidos, ni que se esté dando en primicia en Buenos Aires y en toda Latinoamérica. Lo que lo hace único es que los recorrimos a través de los ojos de quien fue uno de los grandes amigos de Bacon, uno de los pocos que el pintor “contaba con los dedos de una mano”… el amigo con quien compartió anécdotas, juergas, arte, malhumores, risas, vida e, incluso, el amigo a quien llamaron para identificar su cuerpo ya sin vida, en una noche de 1992, en Madrid. Es, en definitiva, el escritor y artista plástico Horacio de Sosa Cordero.

“Por puro azar, me encontré cara a cara con mi amigo hablándome desde sus trazos, desde una obra desconocida para mí y por fin salió a la luz, que merece están en los mejores museos del mundo para deleite de todos.”, dijo Sosa Cordero. Tras examinar cada uno de ellos, se ofreció para dar una charla al respecto, ahondando poco a poco en la obra, la personalidad y la amistad que le unió a Francis Bacon durante cuarenta años. Él es quien nos adentra, a continuación, en la vida de uno de los artistas más originales del s. XX. Él –junto con Francis Bacon– fueron quienes hicieron de este día un día “casi histórico”.  


Conversando con Horacio de Sosa Cordero

Usted, Horacio de Sosa Cordero, es uno de los grandes amigos de la vida Francis Bacon –prueba de ello son, cómo no, los retratos que realizó de usted– . ¿Cómo comenzó esa amistad? ¿Y cómo describiría a Bacon, la persona?

A Francis lo conocí en los años 66-67, cuando yo era un joven que vivía en Londres. Nos presentó un amigo en común, David Sylvester, y ahí empezó una gran amistad. ¿Cómo era Bacon? Era una persona enigmática, imprevisible, de gran carisma… pero también de gran malhumor –sobre todo cuando se le hacían preguntas que no le gustaban (sonríe)–.  Por ejemplo, no se le podía hablar de pintura, aunque sí de los grandes a quien admiraba: de Velázquez, de Picasso o de su gran amigo Alberto Giacometti. En fin, era enigmático, insociable, irascible, representaba todos los extremos: podía hacer un escándalo delante de la Reina de Inglaterra o podía ser un auténtico caballero de un vagabundo. Y, sobre todo, era muy amigo de sus amigos. Ahora que miro este autorretrato tardío suyo, realizado en 1980, recuerdo que una vez le pregunté: “¿Por qué siempre se hace tantos autorretratos, Francis?”. Y él me contestó: “Y… ¿qué quieres que haga? No tengo muchas personas para pintar, no conozco mucha gente. Además, con esta cara de puding-face que tengo… así me salgo.”

La atribución de los dibujos de esta muestra a Francis Bacon ha sido objeto de polémica durante más de diez años, sobre todo a raíz de la aceptación general de que “Bacon sólo pintaba, no dibujaba”. ¿Qué opina al respecto?

Primero de todo, no se trata de una opinión. Y no puedo hablar de “atribuirle” los dibujos a Bacon, puesto que una “atribución” lleva implícito que uno no está del todo seguro. Y aquí –y esto es un hecho– estamos ante dibujos de Bacon, auténticos dibujos suyos, y eso no es discutible, como tampoco es discutible el hecho de que él sí pintaba. 
La gran confusión sobre sus dibujos la creó un artista que escribió una nota en una revista de arte inglesa, en la cual señala que “Bacon no sabía dibujar”. Pero bueno, esto lo dice un crítico, un artista incluso mediocre. Por lo cual, un día, Bacon se encuentra con este artista por la calle y, muy molesto, le increpa, diciéndole: “Y usted qué sabe si yo dibujo?”.
Y bueno, por supuesto que dibujaba, solo que la mayoría de las veces quedaron guardados en carpetas (no podía enseñarlos por todo un compromiso comercial que tenía con cierta galería), o los rompía y dejaba abandonados en su “burdélico” atelier de Londres. (Sonríe) Su atelier: ese lugar que yo tuve el privilegio –casi el honor– de frecuentar casi diario, puesto que la gente que lo visitaba se podía contar sólo con los dedos de una mano.
Volviendo a sus dibujos, Francis Bacon realiza más de 300, que podríamos llamar “dibujos secretos” de Francis Bacon, como también existen los “dibujos secretos” de Leonardo Da Vinci, de Miguel Ángel Buonarotti, o de Caravaggio. Y son dibujos que regala a sus amigos y a sus amantes. Y Ravarino, en este caso, es el depositario de todos estos dibujos que Bacon dibujaba, fuera en un atelier en Bolonia, Venecia o donde fuera, en todos esos viajes que realizó a Italia.
En definitiva, es todo un honor poder contemplar esta Colección de Cristiano Ravarino, estos “dibujos secretos” suyos. Y es que se trata de una muestra que podría estar en cualquier museo internacional, como en el Metropolitan Museum, la Tate Gallery o el Louvre. Pero está aquí, hoy, en Buenos Aires, convirtiéndose en toda una primicia para América Latina.

¿Resaltaría alguno de los dibujos dentro de la Colección?

Bueno, primero de todo, habría que decir que son todo dibujos repentistas y de gran rapidez de ejecución, y que se aprecia una reflexión dentro de sus obras, una vuelta a sus temas constantes: los autorretratos y retratos, las Crucifixiones, los Papas… De hecho, la representación del Papa Inocencio X, después de Velázquez, es una de las constantes dentro de la obra de Francis Bacon, datándose su primer cuadro al respecto de 1947. Este dibujo en particular, realizado en los años 75-76, es una obra magistral donde se pueden ver todas las consecuencias de su obra pictórica anterior, como se puede apreciar en el resto de la colección: el carácter nervioso de sus líneas, las deformaciones, las composiciones simples, sus atmósferas, la insinuación… Esto me recuerda a cuando yo le preguntaba por su pintura, a lo que él me contestaba: “Horacio, mi pintura consiste, antes que nada, en un juego. Y en el azar. Y en la pura intuición. El juego, y la casualidad, y la forma de capturar la apariencia con un manto de sensaciones”. Palabras de Bacon.

Podríamos decir que la obra de Bacon estaba inmersa en sentimientos irracionales, en fuerzas contenidas, en intuición, en “fatalidad”, quizás. Pero… ¿y su vida?

Francis Bacon estuvo siempre rodeado de la fatalidad, como él decía. Todos sus grandes amigos, también amantes, iban muriendo, uno tras otro. Y, así, se iba quedando, día tras día, año tras año, solo. Por eso, en su vida enigmática, él siempre dijo “Estoy rodeado de muerte”. De hecho –y ahora toco madera– yo soy el último amigo de Bacon que queda con vida.
Pero él amaba la vida, las tertulias, las comilonas, las bebidas, las juergas, los bares… Recuerdo, por ejemplo, el primer viaje que hizo a Madrid, que lo hizo conmigo. “Horacio, llévame a Madrid”. Y allá que fuimos, porque le encantaban los toros. Entonces, él estaba en Londres, yo en París, y nos encontramos directamente en Madrid. A partir de entonces tomaba el avión y viajaba muchas veces a Madrid, aprovechando siempre para visitar el Prado y ver a sus pintores favoritos: Goya, Velázquez, Picasso. De hecho, en su último viaje, en el año 92, él fue a Madrid junto con su amigo John Edward para asistir a una extraordinaria exposición de Velázquez. Pero le agarró un ataque al corazón y lo internaron en una clínica... Y a él, que nunca fue católico ni pisó una iglesia, lo pusieron en la clínica junto con dos monjas… (sonríe). Y bueno, ahí muere. John Edward me llamó por teléfono a París, y yo viajé corriendo a Madrid para identificar también el cuerpo y arreglar todas esas cosas de las que hay que ocuparse en esas circunstancias, todo tan desagradable y, sobre todo, tan triste, siendo un amigo… Y bueno, ahí está todo ya dicho.

¿Cómo calificaría usted esta colección de dibujos de Bacon? ¿Por qué es tan importante?

Yo considero que estos dibujos son de importancia mundial y que van a abrir nuevos caminos a los jóvenes artistas. No solamente son importantes por la calidad y la ejecución, sino porque marcan el último período de Francis Bacon, en el cual él realiza los dibujos con gran pensamiento y marca un poco toda su obra realizada anterior. Y voy a decir algunas palabras de Bacon, porque para Bacon la pintura –o el dibujo, que lo realizó– era un juego. Y voy a responderle con esto, palabras de Bacon: “Todo el arte es ahora una especie de juego en el que el hombre se distrae. Y es bueno decir que siempre fue así: absolutamente un juego. Yo pienso que, en ese sentido, las cosas han cambiado, y lo que será realmente fascinante es que este juego va a ser más difícil para el artista, pues tendrá que profundizar más aún el juego para sacar de él algo bueno”. Palabras de Bacon, que son una gran enseñanza para los nuevos artistas y para la aventura del arte.

  Horacio De Sosa Cordero
recorriendo las obras de Francis Bacon
 
     
Documento sin título
Viamonte 1430 2° Piso - Capital Federal - (54-11) 4371-9800